Era un tranquilo sábado, como cualquier otro, el sol brillaba más que nunca; en la radio se escuchaban las noticias y luego el clima. Me dieron ganas de ir a la playa con mi familia, por lo que preparé todo, me vestí y partimos.
Allí había mucha gente, todos nos sonreían y miraban el mar, que estaba muy tranquilo. Nos instalamos en un lugar cercano a la escollera.
Luego de unas horas comenzó a sentirse un ruido, como si algo hubiese temblado en el mar. Algunas personas se fueron, sin embargo, nosotros nos quedamos. Como ya no se resistía el calor quise ir al agua con mi sobrino; de pronto se levantó una gigantesca ola; en ese instante supe que una catástrofe iba a ocurrir, por lo que agarré de los brazos a Benjamín y salimos corriendo; sin embargo, no pude salvarlo, la ola lo cubrió y también a toda la gente.
Finalmente, cuando la catástrofe había acabado, levanté mi cabeza, pero no pude ver a nadie, mi cuerpo estaba muy débil para seguir viviendo, por lo que dejé caer mi cabeza y cerré para siempre mis ojos.
Amparo Roa