viernes, 10 de octubre de 2008

La visión del amor

Era una mañana tranquila, la niebla cubría la ciudad de Londres, por las calles circulaban pocos autos, era muy temprano, recién se empezaban a ver unos luminosos rayos dorados en el horizonte. Las cortinas de las casas tapaban su interior, donde la gente, cubierta con mantas, se resguardaba del intenso frío del exterior.
Fred era un joven trabajador, él iba con su Ford Anglio celeste camino a su casa, recién salía de trabajar de la discoteca, era el encargado de que no faltara la seguridad.
Al llegar a su casa, Fred fue a la cocina, comió las sobras del día anterior y fue a acostarse. Era domingo, esa noche no tendría que ir a trabajar. Cercano al mediodía, Fred, no tuvo más remedio que levantarse, la gente ya estaba despierta, los ruidos de motores, de niños jugando y las conversaciones no lo dejaban dormir. Fred se decidió por ir a tomar un baño, pero algo lo distrajo, por un momento habría jurado que una bella muchacha estaba sentada en su sillón, pensó que lo había imaginado, pues todavía no se había despertado del todo, así que entró al baño y comenzó a ducharse. Al salir, se dio cuenta de que no se había imaginado a la muchacha, ella estaba sentada, apoyada contra la puerta durmiendo. Su cabello negro resplandeciente le caía sobre sus hombros y sus labios eran de un brillante color rojo. Fred se la envolvió en la toalla y trató de despertarla, pero la joven no abría los ojos, asustado, la alzó en brazos y la llevó hasta su habitación donde la acostó sobre la mullida cama sin hacer. Tomó su ropa y se la puso rápidamente. No se le ocurría nada para despertarla, así que tomó un vaso y lo llenó con agua helada, enderezó un poco y se lo volcó en la cara. Había funcionado, la muchacha abrió sus ojos, y él quedó impresionado por el intenso color verde de éstos. La mujer, un poco enojada, se presentó. Su nombre era Angelina. Él no podía contestar, era muy raro que una muchacha desconocida entrara a su casa, se quedara dormida y se hubiera despertado en un lugar extraño. Ella, interpretando su silencio, dijo:
-No preguntes, me mandaron aquí porque saben que estás muy solo, no tienes amigos verdaderos y perdiste a tus padres en tu niñez. Me mandaron para aconsejarte y para acompañarte. Y así fue.
Un día le dijo a Fred que lo acompañaría a su trabajo, a lo que él, no muy convencido, aceptó. Así fue que cerca del crepúsculo, partieron hacia el centro de la ciudad. Al llegar Fred, presentó a Angelina a sus compañeros, pero ellos se echaron a reír diciendo cosas como “¡Qué bonita eres!” o “¿Qué bicho te picó?”. Fred no comprendió, pero ella lo empujó y así entraron a la discoteca. Parecía que nadie podía verla.
Al otro día, la joven le contó a Fred que sólo él podía verla, que así eran las reglas que le imponían y que había llegado la hora de separarse, después de todo, Fred estaba rodeado de amigos que se presentaban sin necesidad. Sin embargo, le dijo que podía visitarla y le explicó a dónde debería ir.
Fred seguía insistiéndoles a sus amigos, pero ellos le decían que nunca habían visto a la tal chica. Él era el único que podía verla. Todos pensaban que se estaba volviendo loco, así que dejó de decir que lo visitaba a diario.
Un par de años más tarde los preparativos para su boda estaban listos. Sin embargo, no estaba muy feliz, su futura esposa no era la mujer de sus sueños, pero a ella podían verla todos. Cuando estaba por dar el sí, ocurrió algo impresionante, Angelina estaba de pie mirándolo, y los demás podían verla. Los hombres se perdían mirándola y a las mujeres les destellaban los ojos de envidia, estaba más bella que nunca. Fred corrió hacia ella y sin pensarlo, la besó. Los planes cambiaron, Fred y Angelina se casaron. Sin embargo, la muchacha nunca reveló quién la había mandado con él, nunca reveló los secretos sobre su labor.

Lucía Rodríguez