viernes, 10 de octubre de 2008

Un amigo muy extraño

Tenía tres años. Era mi primer día de jardín. Estaba muy contenta porque ya no me sentía una niñita, me sentía una adulta. Por fin atravesaba el portón, conocí a todos mis compañeros y la seño nos llamó para formar. Yo era la más bajita, parecía un piojito al lado de muchos chicos, pero al menos era la primera en la fila. Saludamos a la bandera y fuimos hacia las salitas. Mientras íbamos, pasamos por una salita que estaba vacía. En el recreo, muy intrigada por saber por qué estaba vacío, fui hasta el salón. Cuando entré, vi a un nene. Corrí hacia él y nos pusimos a jugar sin decir una palabra. Cuando tocó el timbre, me despedí de él y me dijo que siempre iba a estar para jugar conmigo. Siempre jugábamos un montón y al volver a la salita les contaba a todos lo que hacíamos.
Un día le dije a mis amigas que vinieran a jugar con nosotros, y ellas aceptaron. Cuando llegamos se rieron porque no veían a nadie, me dijeron que estaba loca, que no había nadie. Ellas les contaron a todos que veía cosas. Yo era la única que podía verlo. Todos pensaban que estaba volviéndome loca, así que dejé de decir que lo visitaba a diario. En medio de mi confusión, le pregunté a mi amigo por qué sólo yo lo podía ver y me dijo… “Sólo vos me podés ver porque soy tu ángel de la guarda”.
María Emilia Furno